Releyendo las Escrituras con Jesús

(Extractos con relación al “encuentro entre religiones…”)

La superación de todo “sábado negro” (pág. 53-71)

En este capítulo, vamos a intentar deducir algunas consecuencias prácticas contenidas en la máxima de Jesús, que nos ayuden a aplicarla en nuestro mundo de hoy: “El sábado fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del sábado” (Mr. 2:27).

Lamentablemente la historia está llena de sábados negros. Aunque aquí sólo se trata de un simbolismo para recordarnos que algo bueno se puede convertir en algo devastador, al igual que las tragedias que el término evoca. El uso del “sábado” entre comillas, evidentemente es para distinguirlo del sábado bien entendido, que es muy respetable. Pero no pocas veces lo respetable puede acabar convirtiéndose en un lastre para cualquier progreso.
En nuestros días ¿qué consecuencias tiene la actitud y posicionamiento de Jesús respecto del sábado? ¿Cómo afecta a nuestras iglesias, a las religiones, a las no religiones y a nuestro mundo en general? Hay tres niveles que me gustaría tratar todo lo directa y concretamente que pueda, según los siguientes puntos:

  1. Por un lado, ¿qué importancia tiene la liturgia, la tradición, las formas?
  2. Por otro, ¿qué es vinculante, optativo, qué está permitido, y qué prohibido?
  3. Por último, ¿cómo cultivar ese “ser” y “estar” de Jesús más allá de la religión?

Las formas, los ritos…
(…)

¿Qué es y qué no es vinculante?
(…)

Más allá de la religión

Todo aquel que lee los Evangelios, aun por primera vez, se percata fácilmente de que Jesús, como mínimo, se mantuvo al margen de la religión institucional, cuando no la censuró. No aspiraba a la cátedra sacerdotal (Mt. 23:2), no buscó bombo y platillo (Mt. 8:4; 9:30; 12:16; 17:9), no esperaba honras ni agasajos de clérigo (Jn. 13:13-14), sino liberar al hombre de toda alienación (Lc. 4:18-21), de toda enemistad (Mt. 5:44) y de toda maldad (Jn. 8:34-36) para darle lo que Él llama “vida en abundancia” (Jn. 10:10). Y anuncia que esto lo hará tanto dentro

como fuera del “redil” de las religiones (Jn. 10:9, 16). En ocasiones cumplió con las formas religiosas (Mt. 8:4), en otras las contravino (Mt. 15:2), incluso relativizó la necesidad de los lugares sagrados (Jn. 4:21). No estaba ni a favor ni en contra de “la religión” en sí, sino que promovía “la relación”, la amistad directa del hombre con Dios (Jn. 15:15).

Ese “ser” y “estar” de Jesús al margen o más allá de las religiones debe a su vez arrojar luz sobre la actitud del creyente respecto a todas las demás confesiones que hoy conviven en un mundo cada vez más pluralista. Al fin y al cabo nosotros, los seguidores de Jesús también somos percibidos como una religión más. Si lo somos, sólo aparecemos como una oferta más en el muestrario de las religiones contemporáneas. Si no lo somos, debemos ejemplificar en nuestras vidas y forma de relacionarnos esa superación de lo meramente religioso y ofrecer al mundo la vía de Jesús. Pero para ello necesitamos mezclarnos con los fariseos, los publicanos, los pecadores, los moralistas, la élite, los desheredados, las prostitutas, los santos, los reyes, el vulgo, los explotadores, los menos favorecidos… con todos, y brillar entre ellos con la alternativa de Jesús, tal como lo hiciera Él. ¡Y también debemos convivir con las otras religiones! Él no tuvo reparos en que la samaritana, la mujer sirio-fenicia, el centurión romano, o los griegos le buscaran y le encontraran. No rivalizó con las religiones de ellos, no les puso como condición previa el abandono de sus creencias, sino que los liberó con “el dedo” de Dios (Lc. 11:20 con Mt 12:28). Nadie necesita un cambio de religión, pero todos necesitamos un encuentro con Jesús más allá de la religión. ¡Esto es evangelio!

Hoy en día debemos redefinir en los términos de Jesús nuestra relación con las otras confesiones y religiones, entenderlas y darnos a entender, ser prójimo de todo hombre, sin distinción de raza ni credo, sin segregación entre creyentes y no creyentes; y así ser convite divino para todo el que quiera hallar la libertad, la superación del “sábado” en Él. ¿Pero cuál ha sido la actitud de la Iglesia hasta hoy? ¿Salvaguardar el “sábado” o anteponer la misericordia al “sacrificio”, al rito, al dogma, al partidismo…?

¿En qué se distinguió el cristianismo pujante, el de la fidelidad al proyecto de Jesús, en sus orígenes? Sus seguidores eran vistos como los que “están a favor de…” las viudas, los niños, las mujeres, los ancianos, los desfavorecidos, los esclavos, los oprimidos, los discriminados… ¡para liberarlos! Y así ha sido siempre que se ha antepuesto la misericordia a la observación del “sábado” en la historia de la Iglesia. Sin embargo hoy ¿cómo conoce nuestra sociedad postmoderna y pluralista al cristianismo, a la Iglesia? Como los que “están en contra de…” el progreso, del divorcio, del aborto, de la homosexualidad, de la eutanasia; o los que miran con recelo los avances genéticos, la priorización del ecosistema… ¡No! Por supuesto que no estamos a favor de nada que dañe, denigre o destruya. Pero sobre todo no estamos “en contra de…” sino “a favor de…” el hombre, de la vida, de la felicidad, de la armonía, de la salud sexual, del hogar, de la espiritualidad, del ecosistema, de la paz y de la convivencia entre “diferentes”… Estamos a favor de la dignidad del hombre creado y diseñado por Dios a su imagen. Estamos a favor de Jesús. Le deseamos a todos que puedan alcanzar “la madurez de

la plenitud de Cristo” (Ef. 4:13, BJ). Nadie es nuestro enemigo; no somos enemigos de nadie. ¿Cómo pues relacionarnos con todos? ¡Como Jesús!

− A los que no creen hemos de abrirles los brazos, sin legalismos, con la misma empatía de Jesús.
− A los que tienen su religión, demostrarles sin disimulos nuestro compromiso exclusivo con Jesús.
− Y a todos los que quieran recibirlo, honrarlos sin ambages, ofreciéndoles el regalo que es Jesús.

La postura de la Iglesia hacia las otras religiones ha ido fluctuando a lo largo de la historia. De nuevo simplificando hasta el extremo, entre los Padres de la Iglesia Justino († 165) consideraba que las religiones del mundo contenían semillas latentes del evangelio que estaban esperando el riego, la iluminación de la Palabra de Dios para germinar. En el otro extremo San Agustín (354-430), quién desarrolló la base para la doctrina de “la depravación total” (esto es, no hay nada bueno en la naturaleza caída del hombre), enseñaba que hasta las obras virtuosas de los paganos eran vanas. En nuestros días la percepción popular, impulsada por el Concilio
Vaticano II, es que lo que priman son las buenas intenciones, la bona fides; y esta bastará para la recompensa final. De hecho en la actualidad, en el gran espectro de opiniones sobre el tema se pueden resumir en tres puntos la valoración de las otras religiones a tenor de las llamadas teología exclusivista, teología inclusivista y teología pluralista. Según la primera, el único camino de salvación pasa por la conversión a Cristo. Según la segunda, todo fiel de otra religión y espiritualidad que actúe con valores que se correspondan a los del evangelio será salvado por Cristo. Y la tercera, aboga por que cada religión es por igual un camino válido y suficiente de salvación, aunque puntualizando: el mayor exponente de salvación es Cristo mismo. En todo caso, y en todos los casos la vara de medir es Cristo. ¿Y Él dónde pone el listón?

Si hacemos un recorrido relámpago por todos aquellos libros del Nuevo Testamento donde Él se pronuncia al respecto, Jesús no se anda por las ramas y con un mensaje inequívoco dice lo siguiente: “Venid a mi todos…” (Mt. 11:28), “…arrepentíos y creed en el evangelio” (Mr. 1:15), “…si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:3), “…al que a mí viene, yo no le echo fuera” (Jn. 6:37), “…yo estoy contigo” (Hch. 18:10), y “…si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él…” (Ap. 3:20).

Es Jesús quien es así de claro, aunque escueza. Pero siguiendo su ejemplo, eso no quita que puedan y deban existir vías de convivencia y diálogo entre los fieles de distintas religiones. ¿No tuvo que ser así a partir del cuarto siglo de nuestra era, cuando cristianos y paganos empezaron a compartir un espacio común en igualdad de condiciones? Aunque tristemente los cristianos pronto invirtieron los términos y pasaron de oprimidos a opresores.

En breve regresaremos al tema de la convivencia. Pero antes debemos recordar que la invitación de Jesús, no es a cambiar de religión o adquirir una nueva, sino a tener un encuentro

con Él. Jesús recibió a todo el que le pidió ayuda, también a aquellos que eran de religión pagana. Y no les ofreció una religión alternativa, sino que entró a formar parte de sus vidas, siempre que ellos estuvieran dispuestos a recibirlo y seguirlo. Incluso después de que ascendiera al cielo, como ocurre en las dos últimas referencias de arriba, tomadas de los Hechos de los Apóstoles y el libro del Apocalipsis respectivamente. Él se sigue ofreciendo a todos, para formar parte de sus vidas. Hoy no es diferente…

De hecho la palabra religión (θρησκεία, thrēskeia) sólo aparece en dos ocasiones en el Nuevo Testamento y una sola vez relacionada con la fe cristiana. Significa: ceremonial, observancia, piedad, clamor, incluso temor (de Dios). ¿Qué es religión? Bueno, la respuesta variará mucho según quien la defina. Esto es lo que dice el diccionario: “Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto” (Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española). En resumen: creencias y normas. El Nuevo Testamento en su única mención positiva, nos habla de “la religión pura y sin mancha” (Stg. 1:27), lo que implica que existe “religión impura y contaminada” o usando la expresión del texto bíblico, “vacía” (Stg. 1:26; hueca de propósito y fallida en alcanzar la meta).

La primera vela por el bien del prójimo y por la integridad de corazón: “Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Stg. 1:27). La segunda daña la dignidad del prójimo y a la pureza de corazón: “Si alguno… no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana” (Stg. 1:26). Es legalista y esclaviza al practicante y arremete contra el diferente. Así la “religión pura” debe ser toda gracia y promover la libertad, y no pretender imponerse. La religión “pura” debe construir puentes, no barreras… entre el ser humano y Dios, entre el ser humano y sus semejantes, quienesquiera que sean, entre el ser humano y toda la creación.

¿Diálogo interreligioso?

El sábado es “el buque insignia” de la religión en el Antiguo Testamento. Sin embargo, Jesús completa y sublima su significado poniéndolo al servicio del hombre y no al revés (Mr.2:27). De ello, y en relación a las demás religiones, podríamos inferir que…

  1. Los mandamientos divinos están para procurar el bien de todo hombre al margen de sus creencias.
  2. Los preceptos de una religión no deben imponerse a las demás y este respeto debe ser mutuo.
  3. La convivencia de la humanidad requiere reconocer y aplicar igualdad de derechos para todos.

Buscar el entendimiento y la convivencia entre comunidades religiosas no es sincretismo. Se trata de ejemplificar con nuestras actitudes a Aquél que busca el bien del hombre por encima del cumplimiento ciego del “sábado”, por encima de la norma religiosa. Y con buen talante, esto incluye —o debería incluir— la libertad de anunciar a Jesús a todos. Porque en definitiva, Él es la meta del “sábado” (Mr. 2:28). Pero ¿de qué manera convivió Él?

Jesús no vino ni para abolir la religión ni para reformarla, ni mucho menos para inaugurar una nueva. Vino a identificarse, a sufrir por y con nosotros, para luego abrirnos su camino a la liberación, a la salvación eterna. No contemporizó con los religiosos ni con los profanos. ¡Convivió con ambos y se desmarcó de ambos! Aquellos que anhelaban un “algo más de Dios” no se sintieron cercanos a Él porque Jesús condescendiera con sus hábitos religiosos o con sus vidas prosaicas, ni porque los censurara o reprochara, sino porque los amaba por sí mismos.
Se identificó tanto con los Nicodemos (Jn. 3:1-21; 7:50; 19:39) como con las Magdalenas (Lc. 7:36-50), y los encaminó a encontrar su verdadera dignidad.

Podemos y debemos respetar toda práctica moral y aportación a la verdad de cualquier religión o cultura. Por poner un ejemplo: el enunciado y desarrollo del argumento ontológico sobre la existencia de Dios por parte de Avicena (Ibn Sina, 980-1037). No desnaturalizando el evangelio para limar asperezas con otros credos, ni para edificar un “viernes”, “sábado” o “domingo” de uso común y difuso. Aunque algunos parece que abogan por eso. Pero las medias tintas son una falta de respeto a cualquier otra religión y a “la nuestra”, porque son un engaño. Sin embargo, la clarificación cortés de posturas es el fundamento para promover el verdadero respeto. Hay conceptos teológicos sobre los que podemos dialogar, pulir definiciones. Por poner un ejemplo: con los musulmanes o con las fes orientales, el tema de si la creencia en el destino o una concepción determinista del mundo afecta o no la mejora social, a la distribución equitativa de la riqueza, a los avances científicos al servicio del hombre… Así hay creencias convergentes —o no— que podemos y debemos usar como puentes. Hay derechos por los que debemos luchar en paralelo, como la pugna por las libertades religiosas. Hay áreas en las que podemos trabajar hombro a hombro, codo con codo, como en la asistencia a damnificados en desastres naturales, por poner un caso. Y hay valores por los que podemos y debemos elevar una misma voz, como la defensa de la vida, de la igualdad de condiciones y de la convivencia de toda la humanidad.

− La clave es: acercamiento sin límites en la convivencia, pero clarificación sin ambages en la confesión.
− La meta: superar el miedo y la animadversión que lo desconocido produce en todo hombre.

¿Qué es convivir y qué es confesar? Convivir es “Vivir en compañía de otro u otros”. Es decir, compartir vivencias, ambientes, círculos sociales, la cultura, las buenas costumbres… ¡no como correligionarios! sino como buenos vecinos. Confesar es “expresar voluntariamente los actos, ideas o sentimientos verdaderos”. Ante las religiones no se trata de dominar sino de convivir, no se trata de confraternizar sino de obrar con amor fraternal, no se trata de vencer sino de convencer, no se trata de ganar adeptos sino de invitar al encuentro con Jesús. Se trata de cumplir la regla de oro: “Así que, todas las cosas que queráis que los hombres os hagan, así

también haced vosotros a ellos; porque esto es la ley y los profetas” (Mt. 7:12). Es lo que mencionábamos acerca de la libertad colectiva según la máxima de Pablo en 1ª de Corintios 10:3; tal libertad termina dónde se ofende al otro o dónde se coarta su libertad. Y si no hay por nuestra parte una voluntad de armonía y convivencia ¿cómo pretenderemos que nos escuchen cuando hablemos de, y ofrezcamos el mayor de nuestros bienes: Jesús?

El diálogo o la interacción con otras religiones no deben desembocar en una caza de “lobos con piel de cordero”. Es decir, no debe hacerse camuflando los distintivos de la fe de uno, ni tiene porque hacerse acallando la invitación franca del evangelio. Como Pablo invitara al rey Agripa respetando sus convicciones y sus conocimientos (Hch. 26:2-4, 24-29). Apuntábamos arriba que hay extremos: los que ven el diálogo como una oportunidad de proselitismo camuflado y ocultan sus intenciones, por un lado, y quienes abogan por la síntesis de todas las religiones y por tanto no consolidan la armonía sino que diluyen las identidades, por el otro. En lugar de guardar algún as en la manga debemos poner todas las cartas sobre la mesa.

Pero un requisito aún más importante del diálogo es que se pueda desarrollar en términos de equidad. Puede haber diálogo donde se garantizan las libertades y la igualdad de condiciones; no donde alguien teme sufrir discriminación, o teme por su integridad física o por su vida, debido a su fe. Y no sólo esto. El diálogo sólo puede existir donde las partes están dispuestas a la reciprocidad, es decir aceptar la igualdad de condiciones para las minorías allí donde ellos son mayoría. No hablo de tolerancia, que es soportar al que molesta, sino incluso de fomentar lo que se ha venido llamando “discriminación positiva”, es decir, ofrecer ciertas ventajas al que es minoría respecto del que es mayoría, porque juega con desventaja. También esto es aplicar la regla de oro.

Todavía queda mucho por meditar, matizar y definir en estas áreas. Pero no conviene extenderse más. La necesidad del mundo, de las sociedades religiosas y de las no religiosas no es una nueva y última religión universal, ni tampoco la barra libre de religiones sedantes que acallan la conciencia con un “si a ti te funciona, ya está bien”. La necesidad es citarse en la arena de las libertades y del respeto. Recuperar la dignidad del hombre y de la creación, liberar a ambos de su alienación y ostracismo, más allá de una religiosidad rancia, más allá de un naturalismo apático, en el encuentro del Jesús más genuino: el Jesús más allá de los legalismos, de los formalismos y de los partidismos. Porque Él nos trajo la superación del “sábado” para que el hombre encuentre la libertad y el bien supremo en Dios a través de Él. Este Jesús se encuentra hoy en los cristianos, en las iglesias, en la adoración, en la lectura, en la asociación de todos los que lo abrazan con sencillez y dedicación de corazón, sin anteponer banderas de ningún tipo, sino dándolo a conocer esencialmente a Él: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús” (2 Co 4:5).

¡Es entonces cuando Él nos guía a la superación de todos los “sábados” y sus barreras! Es entonces cuando ya no tendremos que lamentarnos de más ‘sábados negros’.

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